Los riesgos de una petrochequera

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La ceguera nacionalista de los que se oponen a la reforma energética propuesta por Enrique Peña Nieto, les impide ver el verdadero lío petrolero que se cierne sobre el país: el pésimo plan de ahorro de renta petrolera propuesto por el presidente.

El Fondo Mexicano del Petróleo para la Estabilización y Desarrollo, se ha promocionado como una cuenta de ahorros para que futuras generaciones de mexicanos gocen de la riqueza que Pemex y sus socios privados produzcan. El mes pasado, el gobernador del Banco de México, Agustín Carstens le dijo a los congresistas mexicanos que fondos de ahorro similares “generan muchas bondades (económicas) para los países.”

Peña Nieto ha comparado este fondo con el que Chile utiliza para ahorrar los ingresos del cobre, y con el fondo petrolero de Noruega – el fondo soberano más grande del mundo en términos de los activos que maneja – , que ha logrado acumular 890 mil millones de dólares en sus 24 años de existencia. Pero, la comparación es engañosa, pues estos fondos, a diferencia del propuesto para México, tienen estrictas reglas que limitan cómo y cuánto del dinero ahorrado puede gastar cada gobierno, priorizando el ahorro por sobre el gasto gubernamental.

El Fondo Mexicano, tal como ha sido concebido, será manejado por un comité que  incluirá al presidente del Banco de México, y a los secretarios de Hacienda y Energía y a cuatro miembros independientes propuestos por el presidente de la República y que deben ser aprobados por dos terceras partes del Senado.

La prioridad del Fondo será cubrir los gastos anuales de producción petrolera y financiar el presupuesto del Estado hasta por un equivalente a 4.7 puntos porcentuales del PIB, y el excedente se ahorrará. Desafortunadamente, la capacidad de ahorro de este Fondo está limitada y una vez que su saldo exceda los 3 puntos porcentuales del PIB, el gobierno podrá emplear hasta el 60% del incremento anual del saldo. Más aún, si algún día los ahorros exceden el 10 % del PIB, la ganancia del fondo irá directamente al bolsillo del Estado.  Y cuidado si algún día se da una “reducción significativa de los ingresos públicos”, caen los precios del petróleo, o se reduce la producción petrolera nacional. En esos casos el Estado tiene luz verde para gastarse todo el ahorro. Más que una cuenta de ahorros, el fondo petrolero mexicano parece ser una petrochequera para quien ocupe la silla del águila.

Los fondos soberanos de Noruega y Chile, cuya función principal es garantizar las pensiones de sus ciudadanos, tienen políticas de inversión sumamente limitadas. El fondo noruego solo puede invertir fuera del país para evitar que la economía sufra las presiones inflacionarias que resultan de inyectarle demasiados recursos a una economía pequeña. El Fondo Mexicano, en cambio, tiene permitido invertir en instrumentos financieros nacionales. Si por razones políticas el Fondo mexicano llega a invertir demasiados dólares en el país, esto podría tener costos económicos graves.

Es cierto que la riqueza petrolera alguna vez debe gastarse. Sin duda; debe gastarse de manera responsable. El Fondo mexicano se asemeja demasiado a los fondos de ahorro que en algún momento tuvo Venezuela, un país con el peor desempeño económico de América Latina aunque posee las mayores reservas petroleras del mundo. En las décadas recientes Venezuela tuvo tres fondos, ahora extintos, de ahorro petrolero bajo el control directo del presidente. Bajo el mandato de Hugo Chávez, el gobierno cambió la Ley del Fondo Petrolero Venezolano en repetidas ocasiones para suspender el ahorro anual y en 2003, cuando el fondo petrolero había acumulado 6 mil millones de dólares, Chávez gastó casi todos sus recursos, en gran parte, para mantener su popularidad política.

Venezuela es un ejemplo de cómo los ahorros petroleros sin la debida protección pueden servir para comprar el voto de millones de ciudadanos, alimentar la corrupción, o inundar la economía con un gasto público desmedido que genera inflación y la pérdida de valor de la moneda nacional. Hoy día Venezuela sufre de una inflación anual del 60 % y escasez crónica de todo tipo de productos básicos.

El estado de Alaska ofrece un ejemplo útil de cómo blindar los ahorros petroleros a prueba de populismo. Alaska ahorra alrededor de un cuarto de sus ingresos petroleros anuales y reparte la mitad de la ganancia anual del fondo en un dividendo que le llega en forma de cheque individual a los residentes de ese estado. El año pasado el monto del cheque fue de 900 dólares por residente. Una vez que un ciudadano recibe un cheque anual por ley, es muy difícil eliminar ese beneficio. Y de eso se trata. Mientras más dinero de la renta petrolera le llegue directamente al ciudadano, menos dinero habrá para corrupción y menos tendrán los políticos para malgastar.

Es innegable que Alaska con una población de 735 mil personas es muy distinta a México, un país con más de 118 millones de habitantes. Sin embargo, un dividendo petrolero ajustado a la realidad mexicana podría enfocarse únicamente en los más pobres. El dividendo podría también destinarse a cuentas individuales de jubilación para los mexicanos más necesitados, o podría destinarse a cada grupo familiar. Por pequeño que fuese el cheque anual, este sería un ingreso adicional que le daría participación directa a muchos mexicanos de la renta petrolera de su país. Esto convertiría a millones de mexicanos en acérrimos fiscales de cómo se maneja la renta petrolera, y ataría las manos de políticos ansiosos por derrochar la riqueza nacional.

Mientras la izquierda mexicana se desgañita oponiéndose a la inversión privada en el sector energético, los políticos mexicanos ya están metiéndole la mano a la futura riqueza petrolera. Los que protestan en las calles se equivocan de enemigo. Pedir que el gobierno no regale el petróleo a las transnacionales con contratos demasiado beneficiosos tiene sentido, pero hay que temerle más a la clase política mexicana que a las empresas petroleras internacionales. En lugar de pedir un referendo sobre la reforma, grupos de oposición como “El Grito Más Fuerte,” harían bien demandando un dividendo petrolero. Una campaña con un eslogan como “Un chequecito para México,” o “El petróleo es mío”, para exigir una variante del fondo de Alaska, le haría mucho bien al país.

A las petroleras privadas también les conviene que México use los recursos del petróleo responsablemente. La historia de la industria petrolera, especialmente en Venezuela, indica que un estado populista eventualmente destruye al mismo sector petrolero que le da de comer. Si la renta petrolera se malgasta, aquellos que se opusieron a la reforma energética podrían culpar a las trasnacionales de la debacle, aunque la crisis sea culpa de los políticos de turno.

México está demasiado enfocado en los problemas de hoy como para pensar en la manera de conservar la riqueza del mañana. Crear un colchón financiero para asegurar el futuro económico del país requiere de disciplina y visión de futuro. Sin ahorros petroleros, la reforma energética mexicana podría ser un desperdicio.

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